El teatro terapéutico

2 de septiembre de 2012 Escrito por Jorge Villalonga

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Desde tiempos remotos los seres humanos nos hemos reunido  para  celebrar, y compartir  las historias transmitidas
por nuestros ancestros.

El Teatro tiene su  origen en los primeros rituales  sagrados, y su naturaleza  tribal  ha funcionado siempre como cohesionador de la comunidad, transmitiendo los mitos de generación en generación, y  permitiendo a los individuos entrar en un espacio donde pueden expresarse libremente  y digerir sus emociones mas reprimidas, a través de las emociones que experimentan los actores, los espectadores transitamos las emociones propias. En el Teatro no existe el mando a distancia, es una experiencia de profundo contacto que se da en el momento presente.

Para  jugar al Teatro necesitamos de otras actrices/actores y del público, si te sientes solo y aislado en esta sociedad cada vez mas “digitalizada”,  un grupo de Teatro es un camino para relacionarte y desarollar tus habilidades sociales.

Siempre recuerdo  como me impresiono la facilidad con la que nos abríamos entre los asistentes del primer grupo de Teatro Terapéutico al que asistí,  coordinado por Armando Arjona, y después de más de una década trabajando como profesor de Teatro Terapéutico,  me sigue pareciendo increíble  la velocidad con la que  gente se abre  en estos  grupos, por eso decimos que  el Teatro  es vida concentrada.

El Teatro es una gran herramienta de autoconocimiento porque  nos ayuda a  darnos cuenta de lo que realmente sentimos, gracias  a  la despenalización que conlleva la experiencia Teatral, al identificarnos con “El Villano”, o con “El Héroe” cuando por fin consigue su venganza, nosotros también contactamos con nuestro villano y nuestro héroe  interno.

“Jugar a ser otro”, me  conecta con partes de mi mismo que tenia completamente negadas, y a veces es muy gracioso, cuando hacemos la integración de lo que hemos representado en un taller, como nos empeñamos en recalcar: “Yo no soy así, he hecho esto porque era Teatro”
Nos cuesta reconocer  nuestro talento creador, y  aceptar que al fin y al cabo siempre es uno mismo quien ha creado el personaje. Por ello el Teatro  nos permite comprender cómo creamos los roles con los que nos identificamos y como al final acabamos confundiendo nuestra identidad  real, con el rol que desempeñamos.

Podemos establecer un paralelismo entre el proceso de  socialización, que acaba por conformar nuestra personalidad cuando somos niños, y como un actor puede  aprender un “personaje” que está escrito en un texto, de alguna manera, un buen actor tiene que defender su personaje, pensar como él piensa, sentir lo que él siente, desear lo que el personaje desea…y sobre todo necesita  creerse el papel para hacerlo creíble a los otros…

Igual ocurre en la vida cotidiana, inconscientemente sabemos que no hay mejor estrategia para convencer a los demás de los deseos de  nuestro personaje, que la de  convencernos a nosotros primero, y esto funciona muy bien en la sociedad, el problema es que nos olvidamos de nuestra verdadera naturaleza, al identificarnos excesivamente con los deseos neuróticos que estamos empeñados en conseguir, creyendo que si los satisfacemos alcanzaremos la felicidad.

En el arte de actuar y  en el arte de vivir el conseguir establecer la distancia justa entre el personaje y el actor, o entre la personalidad y el Yo profundo, es todo un reto.
Dicen los maestros de actuación que si estas demasiado lejos del personaje que representas, no tienes la fuerza para actuarlo, pero que si te apegas demasiado tampoco, pues te falta la distancia necesaria para no confundirte con el personaje.

Del mismo modo ocurre en la vida cotidiana con nuestro Ego, que no es más que un personaje aprendido en la infancia, y que fue necesario para nuestra supervivencia en aquel ambiente,  pero  si nos lo creemos demasiado, en la etapa adulta se convierte en una limitación evidente, pues no somos capaces de ver el mundo en toda su  amplitud, y nos vemos aprisionados en un sistema de condicionamientos,  tanto a nivel cognitivo, emocional, y motriz, que hace de nosotros meras máquinas de estimulo/respuesta dentro de una obra de Teatro con un guión bastante pobre.

¿Porque digo que el guión de la obra en la que estamos  inmersos y defendemos a capa y espada es bastante pobre?
Simplemente por el hecho que es un guión prestado, es un guión  que hemos aprendido de nuestros padres, y de su entorno,  y que ellos, a su vez lo aprendieron de sus padres… así en una cadena inmemorial, toda ella, inmersa en una civilización, que en su afán de socializar  y domesticar, no ha sido muy respetuosa con la creatividad y la salud de nuestro niño interior.

Evidentemente  hay cosas maravillosas que hemos aprendido de nuestros padres, y de nuestro entorno,  la edad adulta puede ser una oportunidad para digerirlas y rescatarlas…para separar el trigo de la paja, y ver qué aspectos del guión aprendido,  son nutritivos y deseables, y cuales son meros residuos de un pasado “en automático”.

Citando a  Calderón de la Barca: “La vida es sueño, y los sueños sueños son”, podemos entender, como nuestra vida es una obra de teatro, y  que cada uno de nosotros, en su madurez, puede ser el creador consciente de los decorados, el texto, y los personajes que en ella aparecen.

El Teatro Terapéutico es una excelente herramienta para poder explorar nuevos personajes, hasta ahora poco conocidos en nuestro limitado repertorio habitual,   pues crea un ambiente seguro, en el que se nos permite atrevernos a experimentar nuevos roles, sin exponernos peligrosamente a respuestas indeseadas de nuestro entorno social.
Por ejemplo podemos representar una escena en la que le decimos a nuestro jefe, que nos parece un pelmazo,  expresándole todo lo que nos encantaría poder decirle , sin arriesgarnos a ser despedidos… o podemos explorar nuestra capacidad de seducción, o el miedo  al ridículo, creando escenas para investigar estos temas, sin correr riesgos innecesarios.

En el fondo se trata de  conquistar una mayor libertad expresiva, pues los personajes que representamos en este espacio, no tienen porque ser lógicos, ni reales, ni razonables, simplemente se nos da una oportunidad para poder ser otra persona, una posibilidad para poder dejar de actuar compulsivamente el “papel conocido”, y entrar en una manera diferente de pensar, actuar, y sentir.
¿Qué pasaría si me atrevo a convertirme en una persona que no se parece en nada a mi,   en aquel personaje que tanto critico, o que tanto deseo?
¿Qué pasaría si me convierto en un personaje que  es completamente libre en la expresion de sus deseos mas primitivos?
¿Qué pasaría si me olvidara  de ser educado, y decidiera encarnar un personaje que es irreverente?
¿Qué pasaría si me olvido de mi baja autoestima, y me transformo en un Rey abundante, que está lleno de regalos para compartir con los otros?

Como alguna vez escuche a Claudio Naranjo refiriéndose a la sabiduría implícita en las obras de Shakespeare, un aspecto importante de la  salud, es la capacidad de todo ser humano de encarnar diferentes roles, actitudes, y arquetipos, según lo requiera el momento, ser pacíficos, agresivos, sensuales, discretos, catárticos… sin  identificarnos excesivamente con ninguno de estos aspectos.

Lo que suelo observar en un grupo de Teatro Terapéutico,  es que todos estamos excesivamente apegados a un personaje: Hay quien  quiere ser siempre buenito, quien siempre está necesitando ser el centro de atención,  o el que no tiene nunca ningún problema…y claro, la vida en su gran riqueza, se encarga de frustrar nuestras reacciones mecánicas, y nos muestra como, en cada nueva situación, podemos encarnar un personaje diferente.

Obviamente que cada uno de nosotros tiene unos trazos caracteriales mas definidos que otros, y la gente que es tímida, siempre lo será, pero es bueno recordarse, que el ser tímido es una respuesta aprendida, y que  uno puede aprender a  actuar como si fuera muy extrovertido, y con el tiempo, el hacer “como si fuera extrovertido” acaba por convertirse en una realidad más palpable.

Por lo tanto el jugar a ser otro, el permitirme ser alguien  diferente de quien creo ser, paradojicamente me puede conducir a apropiarme de partes de mi  identidad que tenía completamente olvidadas, y que al ser integradas me ayudan a estar mas completo, y a entender otros puntos de vista  y sentirme menos extraño y aislado, en esta compleja sociedad en la que vivimos.


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