Capitulo 7 de “Nacidas para el placer”

15 de junio de 2014 Escrito por Mireia Darder

¿Qué propongo?

Si damos por supuesto que los hombres tienen más espacio en el cerebro para dedicarlo al sexo y que las mujeres lo dedican a la emoción, en este momento todo el mundo en nuestra cultura tiene la idea —y la acepta— de que el hombre debe desarrollar su parte emocional para no estar centrado exclusivamente en la sexualidad. En cambio, nadie opina que valdría la pena que las mujeres, centradas en la emoción, desarrollaran su parte más sexual de manera independiente a las emociones. Esto es lo que propongo, algo que las mujeres no se permiten aún: poder vivir la sexualidad y, ya que sabemos que tenemos un deseo sexual potente y una enorme plasticidad en este campo de forma independiente, atrevernos a investigar, jugar, explorar y curiosear en este ámbito. Permitirnos desarrollar más la capacidad de mantener contacto físico, de conocer la sensualidad, de sentir la expansión sensorial del placer a través del tacto.

Para que haya deseo auténtico es necesario estar conectado con uno mismo en presencia del otro sin estar pendiente de los demás, algo que a la mujer, cuya identidad se define como cuidadora, le resulta muy difícil. La mujer necesita desconectar el neocórtex para alcanzar el orgasmo. Dejar de pensar y conectarse con el instinto. Se trata de un proceso hacia lo nuevo y desconocido partiendo del yo y del propio cuerpo:

El deseo es una tensión que, por definición, tiende hacia lo nuevo, lo lejano, lo alto, lo desconocido, con la esperanza de una realización, una completitud de sí. Esa tensión es, a la vez, una llamada que nos hace ir adelante y una propulsión que nos impulsa a avanzar. Es estar poseídos y contenidos por nuestro espíritu. Si no hay descubrimiento en perspectiva, no se queda en lo mismo, no hay llamada y el deseo no se manifiesta.[1]

Cómo culminar el proceso de transformación

Dado el marco en el que nos hemos educado, para llevar a cabo esta transformación se necesita un proceso de crecimiento personal que puede realizarse de muchas formas, e incluso la vida misma y las experiencias que esta trae consigo pueden llevarnos hasta él de manera natural. Nuestra propuesta radica sobre todo en cambiar la mirada con la que contemplamos el mundo y, lo que es más importante, la forma en que nos vemos a nosotras mismas. Propongo aprender a ser conscientes de lo que nos ocurre simplemente dándonos cuenta, responsabilizándonos de ello en el momento presente, en el aquí y ahora.[2] Esto implica escapar de los «deberías» y los juicios previos para simplemente darme cuenta de cómo soy y cómo hago las cosas, cuál es mi manera. Y sabiendo a la vez que es la única forma en que las puedo hacer, dado que soy como soy. Es importante estar en el presente, aquí y ahora, ya que es el único lugar en el que yo me puedo observar y puedo darme cuenta de lo que ocurre y a la vez cambiar la realidad. Conseguir desarrollar esta actitud de consciencia plena, opuesta a la actitud en la que vivimos desde la cultura patriarcal, que pone siempre la mirada en los objetivos y en los «deberías», puede llevarnos a una transformación que nos permita darnos cuenta de que nuestra manera de ver el mundo es solo una manera, nuestra manera particular. Una transformación que nos lleve a comprender que nuestra mapa de la realidad no es el territorio.

Desde la perspectiva humanista, la persona está constituida por tres partes: la mental, la emocional y la corporal. Insisto en que la sociedad actual solo valora la primera. Mi propuesta es la recuperación de la emocional y la corporal. Como ya dije, las mujeres están más identificadas con lo emocional, mientras que lo sensorial y lo corporal constituyen una parte de sí mismas por recuperar.

Esta conexión con el cuerpo solo es posible si se desarrolla cierta capacidad de interiorización, de modo que sea posible percibir este y sus sensaciones de forma habitual sin contemplarlos como una amenaza, confiando en que del cuerpo y de lo sensorial surge una fuente de fuerza y placer. En su libro Ser mujer: un viaje heroico, Murdock describe este periplo interior para recuperar nuestra feminidad genuina, una feminidad que hemos perdido a través de la cultura patriarcal, la cual nos ha hecho renegar y desidentificarnos de estos aspectos que conforman nuestra esencia. Según la autora, se trata de protagonizar un descenso a la conexión del alma con la feminidad sagrada.

La Diosa nos enseña sobre corporalidad, es un arquetipo eterno de la psique humana y es parte de la misma «materia prima» de nuestro ser. […] La tarea es, entonces, reivindicar las partes de una misma que eran ignoradas y desvalorizadas en la separación inicial de lo femenino. Es por eso que surgen muchos sentimientos en este proceso. Pienso que es una «llamada» y requiere que la mujer responda con consciencia a la invitación de crearse a sí misma de nuevo. A menudo se siente como un «autoembarazo», un periodo de gestación y espera creativa que lleva al renacimiento en un nivel más elevado.[3]

Nuestra propuesta es realizar esta conexión con el cuerpo siempre bajo la actitud que hemos descrito anteriormente, dándonos cuenta simplemente, sin intentar cambiar nada, aceptando lo que hay. Esta interiorización es necesaria para recuperar este vínculo dado que nuestra cultura, de la que todos formamos parte, mantiene su atención constantemente en el exterior, en el afuera, y se caracteriza por ser totalmente audiovisual, nada cinestésica, falta de sensaciones.

Esta conexión con el cuerpo se da de forma espontánea en los pueblos indígenas que aún continúan vinculados estrechamente a la naturaleza. Cuando participan en experimentos para comprobar cómo el lenguaje incide sobre determinadas partes del cuerpo, se detecta, por ejemplo, que al nombrar la palabra «pierna» se origina automáticamente una reacción en el muslo. En las sociedades civilizadas, al mencionar una parte del cuerpo, esta no responde en la mayoría de los casos, es decir, la reacción no se produce. Esto es consecuencia de la separación de lo natural a la que nos ha condenado nuestra cultura, mientras que los indígenas no han negado su parte más corporal e instintiva.

Por tanto, para poder recuperar otra vez este enlace, necesitamos la interiorización, volcar la atención hacia dentro de modo que podamos reconectarnos a nuestras sensaciones. Solo si estamos vinculados con las sensaciones corporales, nos será accesible el deseo que forma parte de nosotros. En nuestra cultura la conexión con lo corporal es tan escasa que carecemos de un vocabulario amplio para hablar de las sensaciones. ¿Qué es una sensación? Es una percepción cinestésica simple de nuestro estado corporal. La sensaciones son frío, calor, presión, dolor, placer… En la medida en que tengamos capacidad de conectarnos y de percibir las señales que nos manda nuestro cuerpo, podremos también percibir nuestro deseo sexual. Los factores que ayudan a conectarnos corporalmente son el ritmo lento, los espacios de no acción, de contemplación… Pero lo más importante es afrontar el miedo a nuestras sensaciones.

Además de dedicar espacio a recuperar la sensación, necesitamos recuperar la movilidad corporal. Vivimos en una cultura supersedentaria en la que apenas usamos nuestro cuerpo. No estoy hablando de ir al gimnasio y hacer abdominales y pesas para cumplir el objetivo de tener un cuerpo estéticamente bonito como marcan los cánones. Me refiero a poner en contacto la conciencia con el cuerpo, a recuperar la regulación organísmica natural, es decir, la sabiduría del propio cuerpo para autorregularse. Pero esto solo es posible si siento las sensaciones corporales y a la vez permito que el movimiento natural deshaga la tensión en mi cuerpo. Para ello, tengo que ser consciente, estar en mi respiración y permitir que el movimiento salga sin control. Una vez hecha la conexión, puedo sentirme arraigada y conectada, con la ventaja de que el cuerpo no miente. Esto aporta mucha seguridad sobre lo que es sano para mí, sobre lo que es agradable o desagradable tal vez solo para mí.

A estas alturas de la historia las mujeres ya hemos demostrado todo lo que teníamos que demostrar, se trata ahora de dejarse en paz para disfrutar sin exigencias ni objetivos. Si eres una mujer sexual, ¡perfecto!, disfruta y experimenta. Si no sientes esa potencia sexual, ¡perfecto!, está muy bien. Lo importante es dejarse experimentar para descubrir de la manera más libre y auténtica posible qué papel juegan la sexualidad y el placer sexual en tu vida. Cuando luchas, lo haces contra una parte de ti misma, negándola en lugar de cuidarla. Cuidarse es conectarse con las necesidades del cuerpo mirando adentro y no afuera. Volver hacia dentro para sentirse y actuar desde allí, no desde las expectativas del otro o para complacer a los demás o guardar la imagen de lo que, se supone, es una «buena mujer». Esto significa romper la definición y el marco de lo que es y no es una mujer. Hay tantas definiciones de mujer como mujeres y, más que eso, porque cada una de ellas puede serlo de una forma diferente según la etapa de su vida en la que se encuentra. Ser mujer será una cosa para ti y, para mí, otra. Se trata de encontrar lo que necesito y darme el placer de conseguirlo. No consiste en ser egoísta, sino en que me merezco ser feliz porque, cuando lo soy, puedo dar a los demás de manera auténtica. Es entonces cuando verdaderamente tengo algo para compartir.

Buscar la conexión con el movimiento espontáneo del cuerpo es dejar que este realice aquellos movimientos que necesita para recuperar el bienestar, el equilibrio y la salud, como propone el katsugen. Nuestro cuerpo sabe qué tipo de movimientos requiere para estabilizarse después de haber sufrido periodos de estrés y de miedo, siempre que se le deje realizar esta conexión, que, aunque quizá no resulte agradable al principio, es la vía para conseguir una intensificación de las sensaciones placenteras. El orgasmo y el deseo vibran a mayor volumen y el cuerpo se vitaliza; es lo opuesto al decaimiento derivado de la medicalización que suele proponer nuestra cultura ante cualquier trastorno incómodo. Si queremos salir del racionalismo y alcanzar una nueva percepción de la realidad, este proceso de «purificación» es imprescindible.

Las catarsis que surgen de estos trabajos pueden asustar, de modo que, para superar este miedo, es primordial confiar en la capacidad natural de autorregulación corporal. Podemos vivir cualquier manifestación que no sea de bienestar o no esté dentro de la normalidad como algo que cambiar y evitar. Un resfriado puede significar que la musculatura por fin se ha relajado después de un largo periodo de tensión, por lo que no es algo negativo, sino un motivo de celebración a pesar de las molestias. La reconexión es la vuelta a la sensación, lo que no siempre significa un mayor placer inmediatamente.

El cuerpo, además de tener una estructura material, orgánica, está constituido por energía. Sobre todo las culturas orientales, y la japonesa en particular, hablan de la dimensión energética del cuerpo, a la que muchos llaman qi.[4] Esta dimensión no se tiene en cuenta en nuestra cultura porque solo se valora aquello que es mesurable y cuantificable. El cuerpo energético es muy importante en la autorregulación organísmica porque se bloquea, síntoma de ello son las tensiones musculares y las contracturas, y la energía corporal no fluye. La medicina oriental atribuye la aparición de la enfermedad al bloqueo energético continuado. El movimiento espontáneo del cuerpo permite recuperar el flujo energético. La sexualidad y el deseo no son más que energía. Por tanto, si nuestro cuerpo energético está bloqueado, tampoco podremos sentir el deseo sexual:

[…] el desconocimiento de la dimensión energética de la sexualidad le da entonces una veta puramente mecánica. En lugar de crear una unión de los cuerpos de energía, los sexos no saben intercambiar su potencia vibratoria, lo que hace que el contacto frote y pueda calentar o quemar la vulva, o anestesiarla, cuando la mujer se ausenta de sí misma. La frustración que de ello resulta es tan grave como peligrosa, pues hace que los cuerpos del hombre y de la mujer se hallen encerrados en una «olla a presión», o peor: en una tumba. Ese cierre conduce a las mujeres a la histeria o a la inercia, y a los hombres, a la violencia o a la apatía.[5]

Este testimonio recoge cómo vivió su protagonista, una mujer, este proceso de recuperación de lo instintivo:

En este proceso, no solo me ayudó el trabajo corporal, sino el hecho de experimentar con más de un hombre que se podía disfrutar y buscar más de un orgasmo en cada relación sexual. He gozado tanto del sexo que he llegado a experimentar la sensación más primitiva e instintiva, que para mí ha sido la de solo desear ser una hembra de mamífero y que el único objetivo en la vida fuera buscar un macho que me folle. Esta sensación me costó mucho de admitir. En un primer momento me daba golpes en la cabeza para ver si me estaba volviendo loca. ¿Cómo era posible que yo, tan racional y capaz, solo deseara eso? Con el tiempo le fui cogiendo el gusto y pude aceptar que esta parte mía era placentera y muy agradable. No constituía todo mi yo, además de esto conservaba la racionalidad. Y más cuando en ese momento tenía una relación que satisfacía todos mis deseos y necesidades. Creo que fue gracias a esta relación, al hombre con el que estaba y a la sinergia que se daba entre los dos, que pude llegar a experimentar esa sensación.

Para recuperar la conexión con nuestro cuerpo y nuestra naturaleza es importante abordar, además de los aspectos corporales y energéticos, la emoción que se instala en el primero. Para llevarlo a cabo resultan muy útiles las técnicas que movilizan la energía del cuerpo a través del movimiento,[6] el baile y la música. Estos movimientos específicos consiguen la expresión de lo emocional que está encerrado en nuestro cuerpo y crea bloqueos. Los asuntos emocionales no resueltos se quedan en el cuerpo y, mediante el movimiento, pueden ser liberados, lo que ayuda a la relajación y a la fluidez corporal. Es también una forma de conectar con nuestro instinto y nuestras sensaciones, ya que permite la expresión de nuestro interior con el lenguaje del cuerpo.

Una herramienta para conseguirlo es el trabajo con los chacras a través del movimiento. Para mí es importante mover la pelvis sin conectarse con lo emocional. Es decir, sin mover ni el centro medio ni el cardíaco. Así te colocas solo en el instinto y no interviene el amor romántico, únicamente el instinto. Porque nos han enseñado a justificar nuestra sexualidad con el romanticismo, algo que el hombre no tiene ninguna necesidad de hacer… y nosotras tampoco. En la construcción social de las relaciones de la mujer no existe el deseo, solo se habla del amor. Amor para cuidar del marido, para cuidar de los hijos… De nuevo, se está construyendo una mujer completamente irreal.

En resumen, es necesaria una reconexión de los aspectos corporales, energéticos y emocionales a través de la conciencia, de la actitud de darse cuenta descrita anteriormente. Tener un cuerpo flexible y distendido por el que circule la energía, con una actitud de aceptación de lo que pase, con la capacidad de abrirse a las sensaciones positivas es algo que nos puede proporcionar la plenitud y el goce. A través de este trabajo saldrá a la superficie nuestro verdadero instinto, que está guardado, oculto, y ha sido prohibido y tildado de peligroso. Así recuperaremos el goce, el placer y la alegría de vivir propios de un ser distendido, relajado, sin alertas. Podremos sentirnos parte de la naturaleza y, por tanto, unidos y a la vez llenos. Y eso nos puede devolver la identidad perdida al negar todos esos aspectos de nosotras mismas.

Cuando la mujer no lo siente o no lo consigue, la consecuencia es un corte, una escisión, de naturaleza energética:

Se trata de una verdadera división, una separación entre lo alto y lo bajo de todo su ser, el espíritu y el cuerpo, los pensamientos y el corazón, el corazón y el sexo, el pensamiento y el deseo. Esas mujeres no llegan a sentirse plenas. No han podido tomar posesión de su integridad, ni establecer una unidad entre sus pensamientos en su cabeza, sus sentimientos en su corazón y las sensaciones que genera su sexo. Así, no llegan a vivir su sexualidad como quisieran, y cuando están con un hombre, no logran sentir el goce que esperan.[7]

Cuando no nos bloqueamos, la sexualidad puede surgir de manera natural y tener un papel festivo, estructurante y regenerador, algo que como mujeres de siglo xxi nos cuesta experimentar a causa de esta desconexión. Para llegar a los aspectos gozosos, lúdicos y creativos de la sexualidad necesitamos, antes que nada, crearlos primero en nuestra imaginación. Según la PNL, no podemos llegar a ningún lugar si antes no hemos imaginado que podemos estar en él. Por tanto, necesitamos tener modelos de mujeres conectadas con su cuerpo, con su instinto, con capacidad de acción, mujeres que rebosen plenitud y satisfacción sexual, libres, independientes y con identidad propia; modelos que podamos recrear e imaginar, cosa que la cultura patriarcal no nos proporciona. Nos faltan modelos de mujer que nos den valor, el necesario para poder ir hacia el otro, desarrollarnos en el mundo y convertirnos en mujeres deseantes. Valor para sentirnos con el derecho de validar nuestro deseo teniendo como referencia un modelo positivo que encontramos en los arquetipos de las diosas femeninas.

En respuesta a esta necesidad de recuperar modelos de mujeres deseantes y a la vez con una dimensión divina han aparecido obras como las de Whitmont, Murdock y Bolen, libros que me marcaron profundamente en los años noventa y que no es extraño que hayan tenido una buena acogida. A partir de ellos creamos, junto a la psicoterapeuta Carmen Vázquez Fernández, unos talleres de recuperación de lo femenino en los que desarrollamos, a partir de un modelo recogido por Whitmont, un trabajo de recuperación de estos mitos, que veremos a continuación. En nuestro trabajo hablábamos de cuatro arquetipos de mujer. Por su parte, Whitmont despenalizaba lo femenino y aseguraba que dentro de cada persona existen dos aspectos, lo masculino y lo femenino, y ambos son necesarios. Cada persona, sea hombre o mujer, posee una parte masculina y otra femenina al igual que cada cerebro posee dos hemisferios.

Existen tres arquetipos de mujer —dado que el cuarto es el único aceptado— que facilitan la recuperación del instinto y su naturaleza auténtica y, así, que dejemos de identificarnos solo con la parte socialmente aceptada, devolviéndonos nuestra riqueza y potencial naturales expropiados por la cultura. A la mujer se le niega su capacidad de agredir, su fuerza, su sexualidad y su intuición… como si ella no tuviera una parte del cerebro reptiliano que posee el resto de los mamíferos.

Al primer aspecto lo llamamos la fuerza, y en él poníamos a Atenea, Artemisa y otras diosas griegas guerreras, a las que Bolen define como deidades vírgenes, independientes, autónomas y que realizan lo que desean. Defienden lo que quieren y lo que es suyo. Esto no pasa necesariamente por la violencia, sino por la asertividad, por la confianza en ellas mismas y la firmeza de sus decisiones. La mujer es capaz de defender sus derechos, su merecimiento, su valor y sabe lo que necesita y es bueno o malo para ella. Es capaz de penetrar en el otro y de actuar en el mundo transformándolo. Esta faceta de la mujer es una de las más castigadas por el constructo social derivado del patriarcado, que no deja a la mujer lograr lo que desea. Prefiere a aquella que posterga su deseo en favor del deseo de los demás para reforzar su imagen buena y generosa. El movimiento de fuerza de esta mujer es lineal, focalizado y apolíneo. Este aspecto se relaciona con la emoción de la agresividad y con el primer chacra corporal, que corresponde al centro bajo, el responsable de conectarnos con la tierra, la rabia, la capacidad de poner límites y de defender nuestro territorio.

El segundo aspecto, la alegría, está unido al concepto de mujer «virgen» que hemos explicado anteriormente. Este arquetipo corresponde a las diosas alquímicas como Afrodita, diosa de la belleza y del amor. En ella están el juego, la seducción, el gozo y el placer. Es un movimiento redondo y voluptuoso. Es la mujer apasionada, sensual, fascinante… Es la capacidad de seducción y de sentir el placer. Afrodita fue la diosa que mantuvo más relaciones sexuales, pero no fue ni vulnerable ni guerrera. No fue víctima de una relación, su deseo fue recíproco y mantenía relaciones que eran satisfactorias y nutritivas para ella, pero sin demasiado compromiso a lo largo del tiempo. Los demás no pueden apartarla de lo que desea y despierta una atracción magnética. Este aspecto es muy castigado en nuestra cultura ya que a las mujeres que lo muestran se las tacha de putas, ninfómanas, ligeras de cascos… Este aspecto define a la mujer «virgen», la que expresa libremente su sexualidad sin la ley del hombre. Correspondería al segundo chacra, el lumbo-sacro, y a la manifestación de la alegría. Mover este chacra también nos conecta con el deseo y despierta nuestra sexualidad.

Latransformación corresponde al tercer arquetipo, representado por las diosas «brujas» como Hestia, protectora del hogar y del fuego, y Perséfone, que pasa tres cuartos del año entre los vivos y el resto con los muertos del mundo subterráneo gobernado por Hades. A través del mito de Perséfone se explica la estación del invierno en la Tierra, el momento en que ella se encuentra en el inframundo. Se podría definir como la capacidad de estar en el caos, en el abismo, en la no acción, en el vacío. Esta diosa es intuitiva, mágica. Se sitúa en lo oculto, en lo interno, en el silencio. Posee el mismo significado que las cartas de la Luna y la Sacerdotisa en el tarot, que desprenden el misterio de lo oculto y de la muerte, el inconsciente. Esta mujer poderosa, que despierta miedo entre los hombres, ilustra el tipo más rechazado y perseguido durante la Edad Media, y la Iglesia se ocupó de quemar a todas las brujas, sanadoras y herboristas. Tiene una capacidad transformadora y una fuerza interna que le permite transitar el caos. Bolen explica cómo esta mujer transforma el fuego y tiene la capacidad de sanar. Corresponde al chacra medio, situado en el vientre, la parte más visceral del cuerpo, y manifiesta emociones igualmente viscerales entre las que está la tristeza.

El cuarto arquetipo es la entrega, por ejemplo, de la madre al cuidado de los hijos. Bolen llama vulnerables a estas divinidades, representadas por Hera, protectora del matrimonio, y Deméter, la diosa madre, asociada a la agricultura y la nutrición. Son las que se dan al otro y se sacrifican por él anteponiendo el deseo de este al suyo. Poseen la capacidad de escuchar, de dar, de ver al otro, de cuidarlo. Expresan bondad, altruismo y entrega. Es el arquetipo que más se permite en nuestra sociedad actual y, como mujeres, se nos obliga a permanecer en él como si no tuviéramos derecho a identificarnos con otros aspectos del ser mujer y perdiendo así la riqueza que pueden darnos los otros tres.

La mujer no puede olvidar que tiene estos cuatro arquetipos en ella y que se necesitan entre sí para alcanzar la plenitud y también para ejercer la entrega de manera real. Llegar a la auténtica entrega solo es posible si antes también se vive la fuerza. Nos queda abrazar los tres que se han rechazado en el constructo patriarcal, que han quedado fuera de la definición de «femenino». La autoestima auténtica es mantener el amor hacia nosotras mismas, aunque los otros no lo hagan, y aceptar estas partes negadas.

El deseo en la nueva mujer

Cuando la mujer puede ser ella misma, está a punto para el encuentro con el objeto de su deseo, que puede ser un hombre u otra mujer. He aquí la vivencia de deseo sexual de una mujer que experimenta la sexualidad plenamente y después de haber realizado un proceso personal de crecimiento y desarrollo de la conciencia:

Veo dos maneras claras de vivir el deseo sexual. La primera resulta más orgánica y comienza «desde dentro». Siento alegría, me siento viva, como si dentro de mi cuerpo una hoguera se fuera encendiendo sin prisa y sin pausa. Me excita la luz tenue, donde puedo adivinar y sentir. Dilatándome, esculpiendo las formas, que esculpen las mías… Siento el latido placentero de mi vagina. Es una sensación muy placentera y diría que difícil de controlar, sobre todo cuando este escalofrío llega a mi piel, al exterior. Cualquier zona que me toco es puro éxtasis sin orgasmo. Los pechos son la zona que más me excita, los míos y los del otro, pero sin duda es en toda la piel donde siento esa calidez escalofriante e irresistible. Entonces mis fantasías se despiertan.

Si esta sensación aparece cuando no puedo satisfacerla, me estimulo directamente los genitales. Pero cuando estoy sola o en compañía y además tengo tiempo… El viaje puede durar horas. Me encanta sentir como mis genitales están cada vez más dilatados. Aquí el tamaño del pene se hace muy importante, aunque puedo tener diferentes intensidades de orgasmo sin penetración. Necesito llegar a un orgasmo donde me siento llena en mi vagina y fundida con el otro. Eso es llegar al máximo éxtasis. Si estoy sola, imagino cómo seria sentir diferentes tamaños, formas, texturas y cualquier cosa que se me ocurra. Si estoy en compañía, depende mucho de lo que pone el otro. Y no hablo solo del tamaño de los genitales, sino también del olor y el tacto.

Hay otra forma de vivir el sexo más desde la empatía, más «desde fuera». El viaje es muy parecido, solo cambia la dirección. Las únicas diferencias: no estoy excitada y el otro me excita. Y sobre todo me excita muchísimo el olor del otro. Es decir, desde el aroma y la imagen y desde la piel hacia dentro.

Estas vivencias describen cómo el deseo surge sobre todo del interior de una misma y se puede satisfacer con otro o en solitario. A la vez, el deseo puede despertarse con el otro y los estímulos que de él nos llegan. El deseo es tuyo, independientemente del objeto que lo despierte. No lo olvides: el deseo es tuyo y está en ti. 

Una vez despertado el deseo, ¿cómo llegamos al goce?

Para referirse a la mujer todopoderosa que cree que no necesita a nadie, el paradigma de la mujer actual en muchos casos, Woodman hace referencia a la Gran Madre

Mientras las mujeres se mantengan protegidas por cinturones de castidad que impiden la posibilidad de penetración del falo (ya sea físico o espiritual), deben responsabilizarse por el matriarcado basado en el principio de poder, que produce un patriarcado adolescente. Hasta que las mujeres dejen de identificarse con el poder de la Gran Madre, ni ellas ni sus compañeros masculinos podrán ser libres.[8]

Pero si las mujeres nos quedamos solo con el deseo y no vamos al encuentro del otro, no hay ninguna posibilidad de disfrutar. Vamos a ser muy poderosas y muy insatisfechas. Vamos a continuar en la cultura patriarcal que establece relaciones de poder en lugar de relaciones de igual a igual y de cooperación. Responsabilizarse del deseo es lo primero para ir a la búsqueda de lo deseado. Aquí no hacemos distinciones en función de a quién se dirige el deseo, sea del mismo sexo o del contrario, y cuando hablamos de falo, nos referimos a la capacidad de abrirse al otro, que puede ser también una mujer. Como dije en un capítulo anterior, solo si uno se rinde puede encontrarse con el otro. Para rendirse se necesita tener una identidad propia y sentirse completo y darse valor como persona.

Woodman interpreta, en las líneas siguientes, el sueño de una de sus pacientes que explicita la experiencia de estar en el presente y de rendirse, el paso previo para encontrarse con el otro. Para llegar aquí hay que haber recorrido el camino de dejarse experimentar, de tener el cuerpo suelto y abierto:

Por primera vez en su vida fue capaz de relajar el cuerpo y abrirse a lo que la vida pudiese llevarle. Fue capaz de permitirse jugar. El ser se transformó en la exquisita belleza de los ciruelos en primavera, en la fragancia de la hierba húmeda, en el canto de un petirrojo al amanecer. Al haber experimentado y honrado su cuerpo como nunca antes, fue capaz de aceptar con cierta ecuanimidad lo que de la otra manera habría sido un golpe aplastante. Lo que la sustentaba era el «conocimiento», el traslado desde el imperio transitorio y personal —al que tan diligentemente había tratado de controlar— al amor transpersonal y eterno al que se rindió. Cuando se despertó, en un cuerpo estaba la experiencia de la rendición; temporalmente había desaparecido la armadura contra el mundo; sus cinco sentidos eran cinco portales a través de los cuales podía fluir la vida hacia su interior, de manera que podía experimentar conscientemente el mundo visible y el amor que impregnaba a este y penetraba en ella como parte de esa totalidad. La muerte era parte de ese mundo, una parte solemne de un esquema mayor. La paloma, el Espíritu Santo, Sofía, el lado femenino de Cristo: sea cual sea el nombre que utilicemos, es amor que abre cuerpo y alma a lo eterno. En el lenguaje psicológico, es la conexión entre los instintos y las imágenes arquetípicas (la energía del cuerpo que se libera dentro del espíritu que lo ilumina) la que produce la armonía.[9]

Tras describir este proceso de valorización, en esta cita se habla de cómo nuestro espíritu puede expresarse. Esto es posible cuando la mente se rinde y simplemente observa lo que está ocurriendo, mientras el cuerpo físico distendido, el cuerpo energético fluido, no tiene traumas ni bloqueos emocionales pendientes. Ahí el espíritu puede cumplir la misión que ha venido a realizar.

A continuación, Woodman narra la vivencia de una mujer que ha realizado todo un proceso hasta llegar a descubrir el tipo de goce y sexualidad del que estamos hablando. Es la descripción de una transformación muy bella:

La relación que tengo hoy con mi sexualidad es una relación de reconciliación después de una vida de indiferencia a esa parte de mi cuerpo que sufrió y permaneció dormida. Enamoramiento, inocencia, sorpresa y alegría. En la actualidad vivo la sexualidad desde la apertura, el goce y la confianza, una sensación de constante sorpresa al ir descubriendo la enorme capacidad de goce en cada encuentro íntimo. Junto al goce aparecen en ocasiones diversas emociones como la rabia, la ira, el miedo, el agradecimiento, el amor y la ternura que, aún viviéndolos, no dejan de sorprenderme. Vivo una constante sanación que, solo acompañada de placer, respeto y cuidado, soy capaz de transitar. Desde lo emocional, desde lo sensorial, mi diafragma vibra como si fueran descargas que a día de hoy siento que forman parte de una vivencia antigua de dolor y miedo. En ocasiones es pura intuición, en otras aparecen imágenes en mi memoria jamás recordadas anteriormente que me proporcionan comprensiones del dolor vivido en abusos sexuales de mi infancia. Llegar a donde me encuentro actualmente con respecto al sexo ha sido un tránsito de más de una década de puro compromiso conmigo misma basado en la necesidad de confiar, en la fe profunda en la vida y la entrega consciente del momento presente. Solo de esta forma puedo sumergirme en la incógnita de lo que me trae la sexualidad cuando la vivo. Sentirme amada y respetada, reconocer la Diosa que hay en mí en la mirada de mi pareja me da una fuerza jamás experimentada anteriormente que me impulsa a transitar lo que sea que aparezca en cada encuentro. Esta vivencia me ancla, me arraiga y me da seguridad. Aprendo a transitar el placer desde un acto de coraje. ¡Aprendo que la sexualidad es pura vida!

Todo este proceso no se da de una manera natural sin no hay un compromiso con uno mismo tal y como le ha ocurrido a esta persona que nos narra su experiencia. Desde una perspectiva patriarcal, sus palabras podrían explicarse desde el hecho que ella ha encontrado a su príncipe azul. Pero si una persona no es capaz de rendirse a sus sensaciones por mucho que se encuentre con otro no llegará a vivir con plenitud esta relación. En efecto, la sexualidad es pura vida. Conectarse con ella es conectarse con el goce y el placer que te proporcionan fuerza para fluir ante la adversidad. Conectarse con el cuerpo y con la sexualidad es fundirse con lo que hay: puede ser que haya dolor y puede ser que haya goce. Pero anular uno de los dos significa aniquilar al otro, adormecer a uno de los dos es anestesiar al otro. Estar vivo significa tener el coraje de vivir ambos lados de la vida.

Después de unas cuantas sesiones de trabajo corporal, un hombre que formaba parte de uno de los grupos comenzó a quejarse:

—Ahora siento mucho más las emociones. Me entero mucho cuando tengo miedo…

—También debes sentir más el placer —le respondí. Él sonrió y dijo:

—Sí, es verdad.

La importancia de perder el miedo

Si el cuerpo se está protegiendo, no puede crecer. Por tanto, para realizar este cambio es necesario perder el miedo y mantener una actitud abierta y amorosa hacia uno mismo, respetando lo que se experimenta y saliendo de la zona de seguridad para correr riesgos. Sin riesgo, no hay posibilidad de cambio. ¿Qué significa correr riesgos? Implica salir de la zona de confort para atreverse a realizar algo diferente y así llegar a algo distinto. Hay un presupuesto de la PNL que asegura que ante las mismas acciones se obtendrán los mismos resultados, pero que las acciones diferentes tendrán resultados diferentes. Para algunas personas perder el miedo significa pasar a la acción y atreverse a decir cosas que habitualmente no dicen ni hacen; en cambio, para otras, el reto es detenerse y escucharse en el sentido de conectarse con la vulnerabilidad. Y, a partir de ahí, cada una de ellas debe buscar la manera de cuidarse. Vivimos en una cultura del miedo donde se valora el control. Sin embargo, para que pueda producirse un cambio real, es necesario pasar por una fase de descontrol y atravesar momentos de confusión en que los viejos esquemas no sirven y los nuevos todavía no están instaurados. Muchas veces para que esto ocurra es necesaria una catarsis en la que aparezca todo lo que hemos estado controlando. Según el antropólogo catalán Josep Maria Fericgla, en muchas culturas existe un espacio ritual para la catarsis, algo de lo que la nuestra carece al haber excluido a Dionisos de nuestra parte divina.

Vencer el miedo es atreverse a transitar por un espacio desconocido, a romper hábitos y a mantener actitudes distintas de las que uno ha tenido hasta el momento. Vencer el miedo es abrirse a lo amoroso, a la cooperación y a la integración en lugar de a la competencia, la desigualdad y la relación perpetrador-víctima que nuestra cultura patriarcal propicia. Se trata de atreverse a entrar en un lugar en que el amor nos abre a un plano superior de conciencia. Es perder el miedo a gozar.

Cuando toda la energía que se destinaba a otorgar un enorme poder a la falsa diosa se concentra donde realmente debe estar, se recupera la vida. Así se comienza una nueva etapa de salud espiritual y vida espiritual. El dolor de la transformación es física y psíquicamente real, pero solo la intensidad del fuego puede unir el cuerpo y el alma. Es un proceso de creación del alma. Esto no se reconoce al comienzo, sino al fin del proceso. El cuerpo es el grano de arena que da origen a la perla.[10]

Esta transformación puede llevar a romper los esquemas establecidos como la monogamia, el príncipe azul, el amor romántico, el estar con un solo hombre durante toda la vida, la heterosexualidad, la fidelidad… todos acaban convirtiéndose a menudo en limitaciones para la expresión de una misma. Por ello hay que atreverse.

Más que la interminable guerra de sexos o la rígida adhesión a un concepto de la familia humana que, de entrada, nunca fue cierto, lo que nos hace falta es reconciliarnos con las verdades de la sexualidad humana. Quizás esto suponga improvisar nuevas configuraciones familiares. Quizás exista más respaldo comunitario a las madres solteras y a sus hijos. O quizás signifique solo que debemos aprender a ajustar nuestras expectativas relativas a la fidelidad sexual. Pero de algo podemos estar seguros: la negación vehemente, los inflexibles dictados religiosos o legales y los rituales medievales de lapidaciones en el desierto se han demostrado impotentes contra nuestras preferencias prehistóricas.[11]

Tenemos miles de ejemplos de que la aceptación de la estructura patriarcal sobre cómo tienen que ser las relaciones hombre-mujer resultan opresivas, tanto para uno como para otro. Muchas, como la mujer del testimonio siguiente, acaban saliéndose del modelo monogámico y heterosexual para poder encontrar una sexualidad más adecuada a cómo son las personas:

A los veintidós años, después de que mi futuro marido insistiera, perdí mi virginidad. En la víspera de mi boda supe que él era bisexual y me contagió una enfermedad sexual después de haber estado con un trasvesti. Durante mi matrimonio tuve una vida sexual llena de opresión, sin nada de placer y siendo invalidada como mujer. De hecho, mi vida sexual auténtica se inicia después de romper este matrimonio en el que no tenía ni excitación, ni permiso para el orgasmo como autocastigo.

Ryan y Jethá, en su libro En el principio era el sexo, recogen las declaraciones de un político estadounidense casado a quien se le descubrió una amante. Explicó que su esposa lo sabía. Y al ser preguntado sobre qué era la fidelidad, respondió:

La fidelidad es la clase de sinceridad que tienes con tu pareja. Qué clase de confianza tienes, si está basada en la verdad y en la sinceridad. En mi familia hemos discutido el tema largo y tendido, y hemos tratado de llegar a comprender cuáles son nuestros sentimientos y cuáles nuestras necesidades, y de solucionar nuestros problemas con esta clase de fidelidad.[12]

La transformación que propongo puede traer de la mano la necesidad de modificar conceptos como el de fidelidad y los modelos de relación establecidos. Estoy de acuerdo con Despentes cuando afirma que la auténtica liberación de la mujer pasa por un cambio más radical que implica a toda la sociedad. Esta transformación de la mujer para que pueda mostrar toda su fuerza innata es una aventura colectiva y, obviamente, concierne a las mujeres, pero también a los hombres:

El feminismo es una aventura colectiva, para las mujeres, pero también para los hombres y también para todos los demás. La revolución ya ha comenzado. Una visión del mundo, una opción. No se trata de oponer las pequeñas ventajas de las mujeres a los pequeños derechos adquiridos de los hombres, sino de dinamitarlo todo.[13]


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